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Reflexión gimnástica de madrugada. Oh clítoris, botón de alarma de los incendios. Louis Aragón

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El ojo de la perdiz es encarnado.
Cositas, cositas, cositas, cositas.
Hay cositas quietas como un pan.
Salvador Dalí

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El ojo frío
Texto de Francis Picabia
Después de nuestra muerte, deberían meternos en una bola, una bola de madera de varios colores. La empujarían rodando hasta el cementerio y los enterradores encargados de esta tarea llevarían guantes transparentes, a fin de recordar a los amantes el recuerdo de las caricias.
Para aquellos que quisieran enriquecer su instalación con el placer objetivo del ser amado, habría bolas de cristal, a través de las cuales se descubriría la desnudez definitiva de su abuelo o de su hermano gemelo.
Surco de la inteligencia, lampara steeplechase; los humanos se parecen a los cuervos de mirada fija, que emprenden su vuelo por encima de los cadáveres y todos los pieles rojas son jefes de estación.

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Tierra al ángel cuanto antes.
Poema de Juan Larrea, nacido en 1895 y muerto en 1.980.

Durmiendo por tributo de flor a ya altos trigos
ángel en puertas de huracán sin nieve
arbusto a más alzar manos de eclipse
pies ardiendo al revés de los días yo os siento
porfiar de cautela en la cercada angustia
y deshojar coronas de mundo en mis salinas

Te amasaré al cantar caudillo a fuerza de arcos
de puente asomado a tu cintura
tu mirada adolece de torre y cerradura
serenamente hablando.

Paciente el lobo que acecha a cada tiempo
como el trozo de mármol destinado a la estatua
de mi voz
se incorpora al helado cadáver de las horas

Caen los ojos y el polvo se despierta al recuerdo
por las curvadas hoces
mas la vida se amolda a la carne que aún queda
entre dientes y losas

Dime si te aflijo remedando andenes.

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Ley Fundamental de Rosa de Sanatorio.
La perversión pasa, mediante un vuelco deliberado, del lado de los signos. Mientras la perversión sexual propiamente dicha, está sometida, encadenada al cuerpo y lo paraliza, lo descompone, trata de desarticularlo en signos, la perversión radiofónica apunta a sexualizar el lenguaje, a hacer de él un sustituto del cuerpo. Aquí son las palabras las que hacen el amor, tanto como el odio, tanto como la guerra, aunque ¿Por qué no?, el odio y la guerra puedan ser muchísimo más placenteros.

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Rosa María, de veintisiete años, dependienta de unos grandes almacenes, soltera, hermosa y muy sociable, padece de ecmofobia o terror a los objetos rematados en punta. Confiesa ensoñecerse con la siguiente fantasía erótica:
Un hombre, emasculado y manco, es objeto de su lúbrica pasión, paciente de cuantas perversidades puedan ocurrírsele a ella.
José Ángel, de cuarenta años, abogado en ejercicio, casado, padre de dos hijos y homosexual clandestino, lleva tres años en tratamiento de una severa anancastia, fobia caracterizada entre varias manifestaciones más, por una compulsión irrefrenable hacia la limpieza, por la sensación constante de suciedad. Si estrecha la mano de alguien en el saludo ordinario, ha de correr de inmediato a lavarse. Si consulta papeles o un libro, idem de idem. Si uno de sus hijos toma asiento sobre sus rodillas para ver la televisión, se ve sometido a un tenso esfuerzo para soportar al pequeño. Invariablemente piensa que las posaderas del niño están sucias, y que tal suciedad tiñe sus piernas. Confiesa practicar en sus clandestinas expansiones homosexuales, sin embargo, la coprofagia. Ello, una vez concluido el trato erótico, la aventura sexual mediante pago en moneda de uso corriente, le provoca nauseas de las que tarda en recuperarse varios dias, abandonando su trabajo y recluyéndose. Su mujer, pues se lo ha dicho él, cree que padece gastritis, ella no sabe nada de su tratamiento psiquiatrico.
Pilar, de veinte años, estudiante, padece un terror insufrible hacia los insectos en general y especialmente hacia las hormigas. Experimenta un placer indescriptible, casi orgásmico según sus propias palabras, cuando sin que nadie la vea, o cuidando de ello al menos, acude a cualquier descampado de la ciudad, selecciona un hormigero, se acuclilla y orina allí. Pensar que las hormigas puedan devorarla por sus partes más íntimas y satisfacerse a la vez en la destrucción del hormigero, colma profundamente su ansiedad. Sólo entonces es capaz de enfrascarse en el estudio de las ciencias naturales. Asegura que su pretensión es la dedicarse a la entomología.

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Me gustaría filmar una versión del Simón del desierto de Luis Buñuel con pulpos en vez de con frailes. Pulpos que llevasen puesto el cilicio. Necesito pues pulpos como frailes, pulpos calvos con ojos saltones y de piel repugnante. Si no sirven para la película, se los mandaremos a la madre Teresa de Calcuta para que les eche las bendiciones pertinentes antes de darlos a comer a sus leprosos.

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Angelical tacto para los moluscos.
La primera vez que uno toca ligeramente la piel de una aplisia cerca de su frágil agalla, ésta se retrae e introduce en una cavidad rocosa donde espera segura hasta que pase el peligro. Entonces llueve súbitamente sobre el mar, al que las gotas de agua ponen la carne de gallina como si la mar fuera una muchacha empapada hasta lo más hondo por una ola enfurecida.
La de la aplisia es una reacción de lo más sensible. Sin embargo, si se toca el mismo punto repetidas veces sin dañar a la aplisia para nada, eso que conste, el animal pronto se habitúa al estímulo y deja de retraer la agalla, hasta le gusta, tal y como acontece, ni más ni menos, con algunos sexos.
Este fenómeno se conoce en psicología con el nombre de habituación. Extrayendo el ganglio abdominal de la aplisia a través de una hendidura practicada en la piel, científicos hubo que consiguieron estudiar las cinco neuronas motoras en el momento en que la aplisia se habitúa a un roce constante y suave sobre su agalla. Más cuando tal experimento hacían los científicos empezó a llover torrencialmente contra los cristales del laboratorio. Llegó entonces una hermosa científica calada por la lluvia en el corto trayecto que iba del laboratorio a la tienda de ultramarinos de la esquina. Traía varias latas de mejillones en conserva y sugirió un alto para la merienda. Harto sorprendida quedó aquella mujer de que sus compañeros científicos banderilleasen a los mejillones con los palillos, como quien no tiene más que comer. Y como pensara que en vez de miembro viril tendrían aquellos doctores un bisturí, decidió no desnudarse, por si acaso, y proponer la orgía, posponerla mejor dicho, en una situación más propicia. Por ejemplo, cuando los moluscos se organicen en un sindicato y pidan equiparación, incluso equiparación universitaria, con todos los coños del mundo.

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Un paciente que presentaba un acentuado negativismo, rechazaba con tenacidad la petición de que efectuara un dibujo. De repente pidió una regla, mas rechazando el lápiz que con la regla se le dió, procedió a medirse un pelo que asomaba por su nariz. Sin duda porque al estirarse el pelo para medirlo sintió un cosquilleo, estornudó violentamente y como cayeran sus mocos sobre la superficie plástica de la regla, dijo con mucha solemnidad "Soy el doctor Fleming y he preñado a esta regla, ahora ustedes los médicos tendrán que decorar mi habitación para cuando se produzca el magnífico alumbramiento".
Pero las enfermeras de los manicomios, como suelen tener bigote, se sintieron ofendidas "Oiga usted -dijo una de ellas- ninguna de nosotras ha abusado deshonestamente de su persona". Como le castigaran a soportar diez reglazos en cada mano, con la regla que considerase preñada y como de resultas de ello le sangraran las palmas, creyó que su esposa había tenido un aborto, y se suicidó como se suicidan los locos, esto es, volviéndose cuerdo y casándose con una enfermera como en las películas americanas.

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Iré a misa los domingos cuando tal oficio religioso lo sea de difuntos por la muerte del domingo, ese día hortera por antomomasia, en el que las familias sacan de paseo al transistor por la calle y los seguidores del Real Madrid eruptan su júbilo que es del color merengue como la eyaculación de los orangutanes mongólicos.

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